Siempre. Siempre.

Siempre, siempre.
Cuando crecemos,
todos necesitamos
esas manos que nos
espanten los miedos
de la frente.

Esos brazos que nos
protejan por la noche
de las inseguridades
de una vida
que deberíamos
poder afrontar
solos,
solitos,
solos.

Siempre, siempre.
Necesitamos
esas palabras
que nos sientan tan bien
en el cuerpo,
en el trabajo,
en el día a día.

Necesitamos
esas miradas
que nos deshielan
y nos deshacen
en sollozos
y sonrisas.

Siempre, siempre.
Buscamos unos besos,
unos abrazos,
que nos devuelvan
a la vida.

Y siempre, siempre
crecemos y perdemos.
Pero no olvidemos
que todos llegamos
persiguiendo lo mismo
y queriendo darlo
todo el tiempo.
Recordemos.

El amor no es vergüenza,
ni su falta ni su sobra.

Y que siempre, siempre.
Yo también estoy aquí.